La seducción del fanatismo: por qué Voldemort consigue seguidores y qué nos dice eso de nosotros mismos

La seducción del fanatismo: por qué Voldemort consigue seguidores y qué nos dice eso de nosotros mismos

Resulta tentador pensar que los seguidores de Voldemort son simplemente malvados. Que eligieron el lado oscuro porque algo en ellos estaba roto desde el principio, porque eran crueles por naturaleza o porque carecían de la capacidad moral básica que tienen las personas normales. Resulta tentador porque esa explicación nos deja a salvo. Nos sitúa cómodamente en el otro lado de la línea.
Pero Harry Potter no nos permite ese lujo.
Porque la saga plantea, con una coherencia que se vuelve más evidente cuanto más se analiza, una pregunta incómoda: ¿qué hace que personas aparentemente normales abracen ideologías destructivas? ¿Qué ofrece el fanatismo que resulta tan difícil de resistir? ¿Y por qué estamos todos, en mayor o menor medida, más expuestos a esa tentación de lo que nos gusta admitir?
La comodidad de las certezas
La realidad suele ser ambigua. Las personas son complejas. Los problemas tienen múltiples causas. La vida rara vez se divide en buenos y malos de forma tan nítida como nos gustaría. Y esa ambigüedad genera ansiedad, porque vivir en la incertidumbre es cognitivamente agotador. Exige tolerar la contradicción, resistir la simplificación y aceptar que quizá nunca tengamos todas las respuestas.
Las ideologías fanáticas prometen eliminar ese malestar de golpe. Prometen respuestas sencillas para preguntas complejas, certezas absolutas donde antes había dudas, enemigos fácilmente identificables sobre los que proyectar la frustración. Y eso resulta enormemente atractivo, no porque las personas sean estúpidas, sino porque las certezas generan tranquilidad. Incluso cuando son falsas. Especialmente cuando son falsas, podría decirse, porque las verdades complejas rara vez producen ese alivio inmediato.
Voldemort comprende perfectamente este mecanismo. Por eso no construye únicamente un ejército. Construye una narrativa. Una visión del mundo. Una identidad colectiva. Les dice a sus seguidores quiénes son, quiénes son sus enemigos, quién tiene la culpa de sus problemas. Y les ofrece algo que muchos seres humanos buscan desesperadamente: la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
No es el odio lo que seduce. Es la pertenencia.
Este aspecto resulta crucial para entender cómo funciona la radicalización, dentro y fuera de la ficción. Porque los movimientos fanáticos rara vez atraen únicamente por sus ideas. También atraen, y sobre todo, por las emociones que generan.
Sentimiento de comunidad. Sentimiento de propósito. Sentimiento de identidad. La sensación de que hay personas que te comprenden, que comparten tu visión del mundo, que luchan por lo mismo que tú. Para alguien que se siente solo, invisible, frustrado o marginado, eso puede ser extraordinariamente poderoso. Más poderoso, en muchos casos, que cualquier argumento racional en sentido contrario.
Las personas no suelen radicalizarse porque un día se despierten y decidan abrazar el odio. La radicalización es casi siempre un proceso gradual y, al principio, casi imperceptible. Comienza con pequeñas ideas, pequeños prejuicios, pequeñas generalizaciones. Comienza con divisiones sutiles entre «nosotros» y «ellos». Y poco a poco esas diferencias se convierten en barreras, las barreras en desconfianza, la desconfianza en hostilidad y la hostilidad, finalmente, en deshumanización.
Ese último paso es el más peligroso de todos. Porque resulta mucho más difícil dañar a alguien cuando lo percibimos como una persona. Cuando conocemos su historia. Cuando comprendemos sus emociones. Cuando reconocemos nuestra humanidad compartida. Por eso las ideologías supremacistas necesitan, como condición de funcionamiento, reducir a los demás a etiquetas, a categorías, a estereotipos. Porque resulta más fácil despreciar a un concepto que a una persona. Más fácil odiar una abstracción que mirar a alguien a los ojos.
El caso Hermione: cuando la realidad desmonta la ideología
Eso es exactamente lo que ocurre con los nacidos de muggles en el universo de Harry Potter. No son juzgados por sus actos ni por su carácter ni por sus decisiones. Son juzgados por algo que no eligieron: su origen. Y ahí aparece uno de los mensajes más poderosos de toda la saga: el valor de una persona no depende de aquello con lo que nace. No depende de su sangre, su apellido, su familia ni su grupo. Depende de lo que decide hacer.
Hermione es el ejemplo más elocuente. Para los defensores de la pureza de sangre, jamás debería haber destacado. Sin embargo, se convierte en una de las brujas más inteligentes y capaces de su generación. Su mera existencia desmonta la ideología que intenta excluirla. Y no lo hace mediante discursos, sino mediante hechos. Mediante la realidad concreta de quien es.
Esto ocurre constantemente en la vida real. Los prejuicios sobreviven mientras las personas permanecen lejanas y abstractas. Pero empiezan a resquebrajarse cuando conocemos individuos concretos, cuando descubrimos que los estereotipos rara vez explican a las personas reales, cuando entendemos que la diversidad humana es infinitamente más compleja que cualquier categoría ideológica.
La tentación no pertenece solo a los villanos
Y aquí es donde la saga se vuelve verdaderamente incómoda. Porque Harry Potter no sitúa la tentación del fanatismo únicamente en el campo de los villanos. La sitúa en el territorio de todos.
Es fácil pensar que nosotros jamás caeríamos en una ideología extremista. Que siempre reconoceríamos la manipulación. Que siempre estaríamos del lado correcto de la historia. Pero los seres humanos no funcionamos así. Todos tenemos prejuicios. Todos tendemos a simplificar la realidad cuando nos resulta demasiado compleja. Todos sentimos más simpatía natural por quienes se parecen a nosotros y más desconfianza instintiva hacia quienes percibimos como diferentes. Todos construimos categorías mentales. Todos dividimos el mundo, en mayor o menor medida, entre «los nuestros» y «los otros».
La diferencia no está en la ausencia de esos impulsos. La diferencia está en nuestra disposición a cuestionarlos.
Por eso el fanatismo rara vez aparece de golpe. No suele comenzar con grandes discursos de odio. Comienza con pequeñas certezas, con pequeñas simplificaciones, con pequeñas renuncias al pensamiento crítico. Empieza cuando dejamos de preguntarnos si podemos estar equivocados. Empieza cuando dejamos de escuchar. Empieza cuando creemos haber encontrado una explicación absoluta para problemas que no la tienen.
Y precisamente por eso resulta tan difícil combatirlo. Porque el fanático no suele verse a sí mismo como un fanático. Se ve como alguien que posee la verdad, que ha comprendido algo que los demás no comprenden, que está luchando por una causa justa. La historia humana demuestra una y otra vez que algunas de las peores atrocidades jamás fueron cometidas por personas que pensaban estar haciendo el mal. Fueron cometidas por personas convencidas de que protegían a su pueblo, a su nación, a su identidad, a sus valores.
Lo que el fanatismo le hace a quien lo abraza
Hay una dimensión del fanatismo que suele pasarse por alto: no solo deshumaniza a los demás. También deshumaniza a quien lo abraza.
Porque para mantener una visión del mundo basada en la superioridad es necesario reprimir constantemente la empatía. Es necesario ignorar matices, ignorar contradicciones, ignorar historias individuales, ignorar todo aquello que nos recuerda que el otro también es una persona. Y esa represión continua tiene un coste. Endurece. Estrecha. Empobrece. La persona que deja de ver individuos y empieza a ver únicamente categorías no solo pierde la capacidad de comprender a los demás. Pierde también algo de sí misma.
Voldemort representa la culminación de ese proceso. No es solo el más poderoso. Es alguien que ha llevado la lógica de la superioridad hasta sus últimas consecuencias, alguien incapaz de ver personas, solo jerarquías, solo utilidad, solo poder. Y cuando una mente funciona exclusivamente en esos términos, la violencia se vuelve no solo posible sino inevitable, porque ya no hay nada que la frene. La empatía, que es el único freno real, ha sido sistemáticamente eliminada.
Lo que une a los héroes
Por eso Harry Potter no es únicamente una historia sobre magia. Es también una historia sobre convivencia, sobre diversidad y sobre la capacidad de reconocer humanidad en quienes son diferentes a nosotros.
Los héroes de la saga proceden de lugares muy distintos. Algunos son ricos, otros pobres. Algunos son de sangre pura, otros mestizos, otros nacidos de muggles. Algunos pertenecen a familias prestigiosas, otros vienen de entornos difíciles. Lo que los une no es su origen. Son sus valores. Y quizá ahí reside el mensaje más profundo de toda la historia: las identidades basadas en la sangre, el origen o la pertenencia de nacimiento terminan dividiendo inevitablemente a las personas. Las identidades construidas sobre principios permiten unirlas.
Porque nadie elige dónde nace. Nadie elige su apellido ni su sangre ni su familia. Pero todos podemos elegir cómo tratamos a los demás. Todos podemos elegir qué valores defendemos. Todos podemos elegir qué clase de persona queremos ser.
La gran pregunta que plantea la saga, al final, no es quién tiene la sangre más pura. Es quién conserva la humanidad más intacta. Y la respuesta es profundamente irónica: quienes pasan toda su vida obsesionados con demostrar que son superiores terminan perdiendo precisamente aquello que los hace humanos. Mientras que quienes aceptan la diferencia, la fragilidad y la diversidad descubren algo mucho más valioso que cualquier privilegio de nacimiento.
Descubren la capacidad de convivir. De comprender. De reconocer que el valor de una persona nunca ha estado en la sangre que corre por sus venas.
Sino en las decisiones que toma con ella.

 

Sergio Grima Lahoz

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